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Siempre
deseé poder contar historias, ya sabéis, historias que me salieran
del alma. Me gustaría sentarme junto al fuego y contarle
historias a la gente, enseñarles fotografías, hacerles llorar
y reír, llevarles emocionalmente a cualquier lugar con algo tan
simple como las palabras. Me gustaría contar cuentos que
conmovieran sus almas y las transformasen. Me imagino cómo
deben sentirse los grandes escritores, sabiendo que poseen tal
poder. A veces siento que yo podría hacerlo. Es algo
que me gustaría desarrollar. De alguna manera, el escribir
canciones utiliza las mismas habilidades, crea los altibajos emocionales,
pero la historia es un «sketch». Es como azogue. Existen
muy pocos libros sobre el arte de contar historias, cómo mantener
la atención de los lectores, cómo reunir un grupo de personas
y divertirías. Sin vestidos, sin maquillaje, sin nada, solamente
tú y tu voz y tu capacidad poderosa para llevarles a cualquier
sitio, para transformar sus vidas, aunque sólo sea durante unos
minutos.
Al
empezar a contar mi propia historia, quiero repetir lo que usualmente
digo a la gente cuando me preguntan acerca de mis primeros días
con los «Jackson 5»: yo era tan pequeño cuando comenzamos a trabajar
en nuestra música que realmente no recuerdo gran cosa. La
mayoría de la gente goza del lujo de haber hecho carreras que
comienzan cuando tienen la suficiente edad para saber exactamente
lo que están haciendo y por qué lo hacen, pero, naturalmente,
a mí no me pasó así. Recuerdan todo lo que les sucedió, pero yo
solamente tenía cinco años. En realidad, cuando eres un niño del
mundo del espectáculo, no tienes madurez para entender muchas
de las cosas que ocurren a tu alrededor. La gente toma un
montón de decisiones respecto a tu vida cuando sales de la habitación.
Así que esto es lo que recuerdo. Recuerdo que cantaba todo
lo que mi voz me permitía y bailaba con auténtica alegría y trabajaba
demasiado duramente para ser un niño. Por supuesto, existen
muchos detalles que no recuerdo en absoluto. Recuerdo que los
«Jackson 5» despegaron realmente cuando yo sólo tenía ocho o nueve
años.
Nací
en Gary, Indiana, una noche de las últimas del verano de 1958,
y fui el séptimo de los nueve hijos de mis padres. Mi padre,
Joe Jackson, nació en Arkansas, y en 1949 se casó con mi madre,
Katherine Scruse, cuya familia provenía de Alabama. Mi hermana
Maureen nació al año siguiente y le tocó la dura tarea de ser
la mayor. Jackie, Tito, Jermaine, LaToya y Marlon fueron los siguientes.
Randy y Janet vinieron detrás de mí.
Una
parte de mis primeros recuerdos es el de mi padre trabajando en
la fundición de acero. Era un trabajo duro y entumecedor
y él se dedicaba a la música para evadirse. Al mismo tiempo,
mi madre trabajaba en un almacén. A causa de mi padre y
también del propio amor de mi padre por la música, nosotros la
escuchábamos todo el tiempo en casa. Mi padre y su hermano
formaban un grupo llamado los «Falcons», que constituía la banda
local R & B. Mi padre tocaba la guitarra, al igual que su
hermano. Ellos interpretarían algunas canciones del principio
del rock'n'roll y blues de Chuck Berry, Little Richard, Otis Redding.
Aquellos estilos eran sorprendentes y todos tuvieron influencia
sobre Joe y sobre nosotros, aunque éramos demasiado jóvenes para
darnos cuenta de ello en aquella época. Los «Falcons» ensayaban
en el salón de nuestra casa, en Gary, de modo que yo crecí en
medio del ambiente de la banda R & B. Dado que éramos nueve
hermanos y el hermano de mi padre tenía otros ocho hijos, nuestros
contingentes sumados componían una familia enorme. Nuestra diversión
consistía en la música y aquellos ratos nos ayudaban a permanecer
unidos y de alguna manera daban respaldo a mi padre para que se
condujese como un hombre orientado por la idea de la familia.
Los «Jackson 5» nacieron de este espíritu -más tarde adoptamos
el nombre de «The Jacksons»- y como resultado de este adiestramiento
y de esa tradición musical yo me desenvolví por mi cuenta y creé
mi propio sonido.
Recuerdo
mi niñez como compuesta en su mayor parte por trabajo, a pesar
de que me encantaba cantar. No me obligaron a entrar en
esta profesión unos progenitores dedicados al espectáculo, como
ocurrió con Judy Garland. Yo lo hice porque me gustaba y
porque me resultaba tan natural como exhalar el aliento tras haber
hecho una inspiración. Lo hice porque me sentí compelido
a ello, no por mis padres o la familia, sino por mi propia vida
interior, dentro del mundo de la música.
Hubo
ocasiones, dejémoslo claro, en que yo volvía a casa de la escuela
y sólo tenía tiempo para sacar los libros y ponerme a estudiar.
Una vez terminaba, me ponía a cantar hasta altas horas de la noche,
rebasando la hora fijada para acostarme. Había un parque
al otro lado de la calle, frente al estudio Motown, y recuerdo
que contemplaba a los muchachos que jugaban allí. Les miraba
con asombro -no podía imaginarme semejante libertad, una vida
tan desprovista de cuidados- y yo deseaba más que nada en el mundo
disponer de semejante libertad, poder marcharme y ser como ellos.
Así, pues, viví momentos de tristeza durante mi infancia.
Cualquier estrella infantil podrá decir lo mismo. Elizabeth
Taylor me dijo que ella también se había sentido así. Cuando
eres joven y estás trabajando, el mundo puede parecer terriblemente
injusto. Yo no estaba obligado a ser el pequeño Michael,
primera figura cantante; yo lo hacía y estaba feliz con ello,
pero efectuarlo constituía un trabajo intenso. Si estábamos
preparando un álbum, por ejemplo, teníamos que ir al estudio a
la salida de la escuela y tanto podía ser que pudiera tomar un
bocado como que no. Algunas veces no había tiempo ni para
esto. Volvía a casa agotado, y podían ser las once o las
doce, mucho más tarde de la hora de acostarme.
De
este modo, me identifico profundamente con cualquiera que haya
trabajado de niño. Sé cuánto ha luchado y cuánto ha sacrificado.
También sé lo que ha aprendido. Yo aprendí que el desafío va aumentando
a medida que se crece en edad. Yo me siento mayor por algunas
razones. Me siento como si tuviera el alma vieja, como alguien
que ha visto y ha experimentado una enormidad de cosas.
Repasando todos los años que he vivido, me cuesta aceptar que
sólo tengo veintinueve. Algunas veces me siento como si
estuviera al final de mi vida, doblando el cabo de los ochenta,
con la gente dándome palmaditas en la espalda. Éste es el resultado
de haber empezado tan joven.
Cuando
actué por vez primera junto con mis hermanos, se nos conocía por
«The Jacksons». Más tarde nos convertiríamos en los «Jackson 5».
Todavía más tarde, después de dejar Motown, volvimos a utilizar
el nombre de «The Jacksons».
Cada
uno de mis álbumes o de los álbumes del grupo ha estado dedicado
a nuestra madre, Katherine Jackson, ya que ella se hizo cargo
de nuestras carreras y empezó a producir nuestra música. En mis
primeros recuerdos la veo sosteniéndome y cantando canciones como
You Are My Sunshine y Cotton Fields. Ella nos cantaba a
menudo a mí y a mis hermanos. Aunque había vivido en Indiana
durante algún tiempo, mi madre creció en Alabamá, y en aquella
parte del país era tan corriente que los negros fueran educados
con música country u occidental puesta en la radio, como lo era
para ellos el escuchar espirituales en la iglesia. A ella hoy
le sigue gustando Willie Nelson. Ella siempre tuvo una voz bonita
y creo que yo recibí de ella y, naturalmente, de Dios mi habilidad
para cantar.
Mamá
tocaba el clarinete y el piano, que ella enseñó a tocar a mi hermana
mayor, Maureen, a la que llamamos Rebbie, tal como había enseñado
a mi otra hermana mayor, LaToya. Mi madre sabía, desde una
edad muy temprana, que nunca tocaría la música que le gustaba
delante de otros, no porque le faltaran talento o capacidad, sino
porque había quedado lisiada por la polio cuando era niña. Logró
superar la enfermedad pero no sin que le quedara una cojera permanente
al caminar. Tuvo que faltar mucho a la escuela cuando niña, pero
nos dijo que se sentía feliz de haberse recuperado en una época
en la que muchos morían de la enfermedad. Recuerdo lo importante
que era para ella que nos pusiéramos la vacuna. Incluso hizo que
faltárarnos a un espectáculo del club juvenil un sábado por la
tarde. Tal era la importancia que tenía en nuestra familia.
Mi
madre sabía que su polio no había sido una maldición sino una
prueba a la que Dios la había sometido para que la superase y
ella inspiró en mí un amor por El que siempre conservaré.
Me enseñó que mi talento para cantar y bailar era tanto obra de
Dios como una puesta de sol hermosa o una tormenta que dejara
nieve para que los niños pudieran jugar con ella. A pesar
de todo el tiempo que pasamos ensayan o y viajando, mamá encontraría
tiempo para llevarme al Salón del Reino de los Testigos de Jehová,
usualmente con Rebbie y LaToya.
Años
más tarde, después de haber dejado Gary, hicimos una representación
en «The Ed Sullivan Show», el espectáculo en directo de variedades
del domingo por la noche en el que América vio por primera vez
a los Beatles, Elvis y Sly y la Family Stone. Después del
espectáculo, Mr. Sullivan nos felicitó y nos dio las gracias a
cada uno de nosotros; pero yo estaba pensando en lo que él me
había dicho antes del espectáculo. Yo había estado vagando
por el escenario como el muchacho del anuncio de Pepsi y tropecé
con Mr. Sullivan. Él pareció que se alegraba de verme y me dio
la mano, pero antes de que la soltase tuvo un mensaje especial
para mí. Estábamos en 1970, año en el cual algunos de los
mejores intérpretes de rock estaban perdiendo sus vidas a causa
de las drogas y el alcohol. La generación mayor, más sabia,
en el negocio del espectáculo no estaba dispuesta a perder a sus
miembros más jóvenes. Algunas personas ya habían dicho que
yo les recordaba a Frankie Lymon, un gran cantante joven de los
años cincuenta que perdió la vida de aquella manera. Ed
Sullivan puede que hubiera estado pensando en todo esto cuando
me dijo: «Nunca olvides de dónde viene tu talento, que tu talento
es don de Dios. »
Yo
me sentí agradecido por su amabilidad, pero podría haberle dicho
que mi madre nunca dejó que lo olvidara. Nunca tuve la polio,
que es un pensamiento aterrador para un bailarín, pero yo sabía
que Dios me había probado a mí y a mis hermanos y hermanas de
otras maneras: nuestra copiosa familia, nuestra casa diminuta,
la pequeña cantidad de dinero con la que teníamos que llegar a
fin de mes, incluso los tipos envidiosos de la vecindad que tiraban
piedras contra nuestras ventanas cuando ensayábamos, gritando
que nosotros nunca tendríamos éxito. Cuando pienso en mi madre
y en nuestros primeros años puedo decir que existen recompensas
que van mucho más allá del dinero y de los aplausos y premios
del público.
Mi
madre fue una gran promotora. Si ella creía que uno de nosotros
tenía interés en algo, nos animaba si existía algún camino posible.
Si yo desarrollaba interés en estrellas de cine, por ejemplo,
ella venía a casa con un montón de libros acerca de estrellas
famosas. Incluso teniendo nueve hijos ella nos trataba a
cada uno de nosotros como a un hijo único. No hay ninguno de nosotros
que haya olvidado alguna vez lo duramente que trabajó y la gran
promotora que fue. Es una vieja historia. Todos los
niños piensan que su madre es la más grande del mundo, pero nosotros,
los Jackson, nunca perdimos aquel sentimiento. Dada la gentileza,
el calor, y la atención de Katherine no puedo imaginarme cómo
se puede crecer sin un amor de madre.
Una
cosa que sé acerca de los niños es que si ellos no reciben de
sus padres el amor que necesitan, lo conseguirán de otra persona
y se aferrarán a la misma, un abuelo, alguien. Nosotros nunca
tuvimos que buscar a nadie más estando mi madre cerca. Las lecciones
que nos enseñó fueron de incalculable valor. Amabilidad,
amor y consideración para los demás encabezaban su lista. No hacer
daño a la gente. No suplicar, nunca ir de gorra. Estas cosas eran
pecado en nuestra casa. Ella siempre quiso que nosotros diéramos,
pero nunca quiso que pidiéramos o suplicáramos. Así es ella.
Recuerdo
una buena historia acerca de mi madre que ilustra su modo de ser.
Un día, de vuelta a Gary, cuando yo era realmente pequeño, un
hombre llamó a todas las puertas por la mañana temprano. Sangraba
de tal manera que se podía ver el camino que había seguido por
el vecindario. Nadie le quiso dejar entrar. Finalmente llegó a
nuestra puerta y comenzó a llamar y dar golpes. Mi madre le dejó
entrar enseguida. Ahora bien, la mayoría de la gente hubiera
estado demasiado asustada para hacer eso, pero mi madre es así.
Puedo recordar que me desperté y encontré sangre en nuestro suelo.
Me gustaría que todos pudiéramos parecernos más a mamá.
Los
primeros recuerdos que tengo de mi padre son de verle viniendo
de la fundición con una gran bolsa de donuts glaseados para todos
nosotros. Mis hermanos y yo podíamos entonces de veras comer
a cada momento; aquella bolsa desaparecería en un abrir y cerrar
de ojos. Él solía llevarnos al tio-vivo del parque pero yo era
tan pequeño que no lo recuerdo muy bien.
Mi
padre siempre ha sido un poco misterioso para mí y él lo sabe.
Una de las pocas cosas que lamento más es no haber podido tener
intimidad real con él. Él erigió una coraza a su alrededor con
el paso de los años y, una vez cesó de hablar acerca del negocio
de nuestra familia, encontró difícil relacionarse con nosotros.
Estábamos todos juntos y él se apresuraba a abandonar la estancia.
Incluso hoy le cuesta tocar el tema de padres e hijos porque se
siente demasiado incómodo. Cuando yo veo que lo está, también
me siento igual.
Mi
padre siempre nos protegió y eso no es ninguna pequeñez. Siempre
intentó asegurarse de que la gente no nos engañaba. Él veló por
nuestros intereses de la mejor manera. Quizá cometió algunos errores
a lo largo del camino, pero siempre pensó que estaba haciendo
lo que era adecuado para su familia. Y, naturalmente, la mayor
parte de lo que mi padre nos ayudó a realizar fue maravilloso
y único, en especial en lo referente a nuestras relaciones con
sociedades y gente del negocio. Yo diría que nos contábamos
entre unos pocos artistas afortunados que salían de la niñez en
el negocio con algo importante: dinero, fincas, otras inversiones.
Mi padre realizó todas estas cosas para nosotros. Él se preocupó
tanto por nuestros intereses como por el suyo. Hasta el
día de hoy le agradezco que no se quedara con todo el dinero,
cosa que, en cambio, sí hacen muchos padres de estrellas infantiles.
Imaginaos, robar a vuestros propios hijos. Mi padre nunca
hizo nada parecido. Pero yo todavía no lo conozco y esto
es triste para un hijo que tiene la imperiosa necesidad de entender
a su propio padre. Él es todavía un misterio para mí y puede que
lo siga siendo siempre.
Lo
que yo recibí de mi padre no fue necesariamente llovido del cielo,
aunque la Biblia dice que uno recoge lo que siembra. Mientras
íbamos saliendo adelante, papá lo decía de una manera diferente,
pero el mensaje era igualmente claro: uno podría tener todo el
talento del mundo, pero si no se preparaba y planificaba, no le
serviría de nada.
A Joe
Jackson siempre le había gustado cantar y la música tanto como
a mi madre, pero él también sabía que había un mundo más allá
de Jackson Street. Yo no era lo suficientemente mayor para recordar
su conjunto, los «Falcons», pero ellos venían a nuestra casa a
ensayar los fines de semana. La música los alejaba de sus trabajos
en la fundición, donde papá conducía una grúa. Los «Falcons» tocaban
por toda la ciudad y en clubs y colegios por el norte de Indiana
y Chicago. En los ensayos de nuestra casa, papá sacaba su guitarra
del armario y la conectaba al amplificador que tenía en el sótano.
Todos se preparaban y la música comenzaba. A él siempre le habían
gustado el ritmo y los blues y aquella guitarra era su orgullo
y alegría. Considerábamos un sitio casi sagrado el armario donde
guardaba la guitarra. Huelga decir que estaba fuera de nuestro
alcance cuando éramos muchachos. Papá no iba al Salón del Reino
con nosotros pero tanto mamá como papá sabían que la música era
una manera de mantener unida a nuestra familia en un vecindario
donde las bandas delictivas reclutaban muchachos de la edad de
mis hermanos. Los tres chicos mayores siempre tenían una excusa
para estar por allí cuando venían los «Falcons». Papá les hacía
pensar que se les estaba dando un trato especial al permitírselas
escuchar, pero él estaba realmente deseoso de tenerlos allí.
Tito
observaba todo lo que pasaba con el mayor interés. Él había aprendido
a tocar el saxofón en la escuela, pero podía decir que sus manos
eran lo suficientemente grandes como para rasguear las cuerdas
y entrar en las improvisaciones que tocaba mi padre. Tenía sentido
que se integrara en ellas porque Tito se parecía tanto a mi padre
que todos esperábamos que compartiera los talentos de él. La magnitud
del parecido fue impresionante a medida que se hizo mayor. Quizá
mi padre se dio cuenta del entusiasmo de Tito porque estableció
reglas para todos mis hermanos: nadie podría tocar la guitarra
cuando él estuviera fuera. Y punto.
Por
lo tanto, Jackie, Tito y Jermaine cuidaban de que mamá estuviera
en la cocina cuando «tomaban prestada» la guitarra. Ellos también
tenían cuidado de no hacer ningún ruido cuando la sacaban. Entonces
volvían a nuestra habitación y ponían la radio o el pequeño tocadiscos
de modo que pudieran tocar. Tito colocaba la guitarra sobre su
barriga mientras se sentaba sobre la cama y la apoyaba. Él hacía
turnos con Jackie y Jermaine y probaban las escalas que estaban
aprendiendo en la escuela del mismo modo que intentaban plantearse
cómo conseguir la partitura de los «Green Onions» que habían escuchado
en la radio.
Por
aquel entonces yo tenía edad suficiente para colarme dentro y
observar si prometía no decir nada. Un día mamá, finalmente, los
cogió y todos nosotros nos quedamos preocupados. Ella riñó a los
chicos, pero dijo que no lo contaría a papá si nosotros teníamos
cuidado. Sabía que la guitarra les estaba protegiendo de irse
con una multitud de maleantes y quizá de recibir algún golpe.
Así que no estaba dispuesta a suprimir nada que les mantuviera
al alcance de su mano.
Por
supuesto, algo malo tenía que ocurrir un día u otro y, en un momento
dado, se rompió una cuerda de la guitarra. Mis hermanos fueron
presa del pánico, pero no había tiempo para repararla antes de
que papá regresara a casa, y además ninguno de nosotros sabía
dónde acudir para que la compusieran. Mis hermanos no pudieron
concebir ninguna idea salvadora y se limitaron a guardar de nuevo
la guitarra en el armario y a confiar en que mi padre se figurase
que se había roto sola. Como era de suponer, papá no se tragó
tal cosa y se puso furioso. Mis hermanas me dijeron que me mantuviera
al margen del asunto y disimulara. Oí llorar a Tito después que
papá lo descubriera y salí a investigar. Tito estaba llorando
en la cama cuando papá regresó y le mandó levantarse. Tito estaba
espantado, pero mi padre se limitó a permanecer frente a él, teniendo
en la mano su guitarra favorita. Le dirigió a Tito una mirada
dura y penetrante y le dijo: «Hazme saber lo que eres capaz de
hacer. »
Mi
hermano sacó fuerzas de donde pudo y comenzó a tocar unos acordes
que había ideado él mismo. Cuando mi padre vio lo bien que podía
tocar Tito, se dio cuenta de que, evidentemente, había estado
ensayando y comprendió que Tito y el resto de nosotros no considerábamos
su guitarra favorita como un juguete. Vio con claridad que lo
ocurrido era un simple accidente. En ese instante entró mi madre
y proclamó su entusiasmo por nuestro talento. Dijo que nosotros
teníamos vocación y que debería escucharnos. Durante los días
siguientes siguió apoyándonos y, de este modo, un día papá se
dispuso a escucharnos y le gustó lo que pudo oír. Tito, Jackie
y Jermaine comenzaron a ensayar juntos en serio. Un par de años
más tarde, cuando yo tenía unos cinco años, mamá le comentó a
papá que yo era un buen cantante y podría tocar los bongos.
Me convertí en miembro del grupo.
En
aquellos tiempos mi padre decidió que lo que estaba ocurriendo
en su familia era algo serio. Gradualmente comenzó a dedicar menos
tiempo a los «Falcons» y más a nosotros. Habíamos terminado un
ensayo global y nos dio indicaciones y nos enseñó técnicas de
guitarra. Marlon y yo no teníamos edad suficiente para tocar,
pero mirábamos mientras papá ensayaba con los mayores y aprendíamos
mientras mirábamos. Estaba todavía en pie la prohibición contra
el uso de la guitarra de papá si él no estaba presente, pero mis
hermanos eran felices usándola siempre que podían. La casa de
Jackson Street estaba pletórica de música. Papá y mamá habían
costeado unas clases de música para Rebbie y Jackie cuando eran
pequeñitas, de modo que ellas contaban con una buena base.
El resto de nosotros había recibido clases de música y de conjunto
en las escuelas de Gary, pero todas las prácticas eran pocas para
estructurar toda aquella energía.
Los
«Falcons» estaban todavía ganando dinero, por esporádicas que
fueran sus actuaciones, y aquel dinero extraordinario era importante
para nosotros. Era suficiente para que hubiera un plato
en la mesa para aquella creciente familia, pero no lo bastante
para proporcionarnos cosas que no fueran necesarias. Mamá
trabajaba a horas en Sears, y papá seguía en la fundición de acero,
y nadie pasaba hambre, pero, al evocar esa época, me da la sensación
de que las cosas debían parecer entonces como un pozo sin salida.
Cierto día, papá se retrasó en su vuelta a casa y mamá empezó
a preocuparse. Cuando él llegó, mamá estaba presta a decirle cuatro
cosas, hecho que los chicos no teníamos inconveniente en presenciar
de vez en cuando, simplemente para comprobar si él era capaz de
sobrellevar las consecuencias de sus actos. Sin embargo, esta
vez, cuando asomó la cabeza por la puerta, vimos que tenía un
gesto malicioso y que estaba ocultando algo en su espalda. Nos
quedamos asombrados todos cuando mostró una guitarra roja reluciente,
algo más pequeña que la del armario. Todos supusimos que esto
significaba que podríamos disponer de la vieja. Pero papá dijo
que la nueva guitarra era para Tito. Nos agolpamos todos a su
alrededor para admirarla, mientras papá le decía a Tito que tendría
obligación de compartirla con cualquiera que quisiera estudiar
con ella. No estábamos autorizados a llevarla a la escuela para
enseñarla. Era un regalo de importancia y aquel día constituyó
una jornada trascendental para la familia Jackson.
Mamá
se sentía muy feliz por nosotros, pero ella también conocía a
su marido. Era más consciente que nosotros de las enormes ambiciones
y planes que él tenía para nosotros. Él le había comenzado a hablar
sobre ellos por la noche después que los chicos nos hubiéramos
acostado. Tenía sueños y esos sueños no se detenían en una guitarra.
Muy pronto estuvimos tratando de equipos y no solamente de capacidades.
Jermaine consiguió un bajo y un amplificador. Hubo maracas
para Jackie. Nuestro dormitorio y nuestro salón empezaron a parecer
un almacén de música. A veces había oído discutir a papá
y mamá cuando surgía el tema del dinero porque todos aquellos
instrumentos y accesorios significaban que teníamos que pasar
sin algo de lo que necesitábamos cada semana. Papá era persuasivo,
firme, y utilizó todos los trucos posibles.
Tuvimos
incluso micrófonos en la casa. Parecían un auténtico lujo en aquella
época, en especial para una mujer que estaba intentando estirar
un presupuesto muy pequeño, pero yo he llegado a darme cuenta
de que el tener aquellos micrófonos en nuestra casa no era solamente
un intento de estar a la altura del vecino o de cualquiera en
competiciones nocturnas de aficionados. Los micrófonos estaban
allí para ayudarnos en nuestra preparación. Yo vi a gente en concursos
de noveles, que probablemente se tenían por grandes en casa, derrumbarse
en el momento en que se ponían frente a un micrófono. Otros empezaban
a gritar sus canciones para probar que no necesitaban los micros.
Ellos no tenían la ventaja de que disponíamos nosotros, una ventaja
que solamente puede darte la experiencia. Creo que probablemente
algunas personas tuvieron envidia porque podían decir que nuestra
destreza con los micrófonos nos daba ventaja. Si eso fue verdad,
nosotros hicimos tantos sacrificios -en nuestro tiempo libre,
en el trabajo escolar y con los amigos-, que nadie tenía derecho
a sentirse envidiosos. Nos estábamos convirtiendo en chicos muy
buenos, pero estábamos trabajando como personas que tuvieran el
doble de nuestra edad.
Mientras
observaba a mis hermanos mayores, incluyendo a Marlon en los bongos,
papá consiguió una pareja de tipos jóvenes llamados Johnny Jackson
y Randy Rancifer para que tocaran la batería y el órgano. Motown
proclamaría más tarde que ellos eran nuestros primos, pero eso
fue solamente un adorno por parte de los relaciones públicas,
que querían que pareciésemos una gran familia. ¡Nos habíamos convertido
en un auténtico conjunto! Yo era como una esponja, observaba a
todos e intentaba aprender todo lo que podía. Estaba totalmente
absorto cuando mis hermanos ensayaban o tocaban en espectáculos
de caridad o centros comerciales. Yo estaba fascinado sobre todo
cuando observaba a Jermaine porque él era el que cantaba en aquel
momento y era un hermano mayor para mí; en cambio Marlon estaba
demasiado parecido a mí en edad para serlo. Era Jermaine quien
me llevaba a la guardería y cuyos vestidos heredaría yo. Cuando
hacía algo, yo intentaba imitarlo. Cuando tenía éxito en ello
mis hermanos y papá se reían, pero cuando comencé a cantar me
prestaron atención. Entonces yo cantaba con voz de niño y solamente
imitaba sonidos. Era tan pequeño que no sabía lo que significaban
muchas de las palabras, pero cuanto más cantaba, mejor me salía.
Siempre
supe bailar. Yo observaba los movimientos de Marlon porque Jermaine
tenía que llevar el gran bajo pero también porque con Marlon,
que tenía solamente un año más que yo, podía seguir el compás.
Pronto estuve haciendo la mayor parte del canto en casa y preparándome
para unirme a mis hermanos en público. A través de nuestros ensayos,
todos nos estábamos dando cuenta de nuestras particulares fuerzas
y debilidades como miembros del grupo y el cambio de responsabilidades
se estaba produciendo de modo natural.
La
casa de nuestra familia en Gary era diminuta, en realidad tan
sólo contaba tres habitaciones, pero en aquel momento me parecía
mucho más grande. Cuando uno es así de joven todo el mundo parece
tan enorme que una pequeña habitación puede parecer cuatro veces
mayor de lo que en verdad es. Cuando volvimos a Gary años más
tarde, a todos nos sorprendió lo diminuta que era aquella casa.
Yo la había recordado como grande, pero uno podía dar cinco pasos
desde la puerta principal y salir por la parte trasera. Realmente,
no era más grande que un garaje, pero cuando vivíamos allí nos
parecía bonita, simples chiquillos, a todos nosotros. Uno ve las
cosas desde perspectivas tan distintas cuando se es joven. Recuerdo
de forma confusa nuestros días de escuela en Gary. Recuerdo con
vaguedad que me dejaron delante de mi escuela el primer día de
guardería y recuerdo claramente que la odié. No quería que
mi madre me dejara, por supuesto, y no quería estar allí.
Con
el tiempo me amoldé, como lo hacen todos los chicos, y llegué
a amar a mis profesores, sobre todo a las mujeres. Ellas siempre
fueron muy amables con nosotros y simplemente me querían. Aquellos
profesores eran maravillosos; yo pasaba de un grado al siguiente
y ellos lloraban y me abrazaban y me decían cuánto les disgustaba
ver que yo dejaba sus clases. Yo estaba tan loco por mis profesores
que llegué a robar las joyas de mi madre para regalárselas a ellos.
Ellos se sintieron muy conmovidos, pero finalmente mi madre lo
averiguó y puso fin a mi generosidad con sus cosas. Esa necesidad
que tenía de darles algo a cambio de lo que yo estaba recibiendo
era mi manera de expresarles lo mucho que los quería a ellos y
a aquella escuela.
Un día, en
el primer grado, yo participé en un programa que se representó
delante de todo el colegio. Cada uno de nosotros en cada clase
tenía que hacer algo, así que me fui a casa y lo comenté con mis
padres. Decidimos que llevaría pantalones negros y una camisa
blanca y cantaría "Climb Every Mountain" de The Sound
of Music. Cuando terminé aquella canción la reacción del
auditorio me sobrecogió. El aplauso fue atronador y la gente estaba
sonriendo; algunos de ellos estaban de pie. Mis profesores
estaban llorando y yo simplemente no podía creerlo. Les había
hecho felices a todos. Era un sentimiento muy profundo. Yo me
sentía también un poco confuso, porque pensaba que no había hecho
nada especial. No se trataba más que de cantar de la misma manera
que cantaba en casa cada noche. Cuando estás representando no
te das cuenta de cómo suena o cómo te estás comunicando. Sólo
abres la boca y cantas.
Pronto
papá empezó a prepararnos para concursos de noveles. Él era un
gran entrenador, y empleó mucho dinero y tiempo trabajando con
nosotros. El talento es algo que Dios da a una persona pero nuestro
padre nos enseñó a cultivarlo. Creo que nosotros también teníamos
cierto instinto para el negocio del espectáculo. Nos gustaba representar
y poníamos todo lo que teníamos en ello. Él se sentaba con nosotros
cada día después de la escuela y nos entrenaba. Nosotros representábamos
para él y él nos criticaba. Si uno se despistaba, le pegaba, a
veces con un cinturón, a veces con una varilla. Mi padre era realmente
estricto con nosotros, realmente estricto. Marlon era el que estaba
en apuros todo el tiempo. Por otro lado, a mí me pegaban por cosas
que sucedían la mayoría de las veces fuera del ensayo. Papá me
ponía tan furioso y dolido que yo intentaba revolverme contra
él y él me golpeaba todavía más. Me sacaba un zapato y se lo arrojaba
o simplemente contraatacaba moviendo los puños. Por eso recibí
más que todos mis hermanos juntos. Yo me revolvía y mi padre me
quería materialmente hacer pedazos. Mi madre me decía que yo me
rebelaba incluso cuando era muy pequeño, pero yo no lo recuerdo.
Yo recuerdo haber corrido bajo las mesas para librarme de él,
con lo que lo enfurecía todavía más. Manteníamos una relación
turbulenta.
La
mayor parte del tiempo, sin embargo, nos limitábamos a ensayar.
Nosotros siempre ensayábamos. A veces, tarde por la noche, teníamos
tiempo de hacer algunos juegos o de jugar con nuestros juguetes.
Podía haber un juego del escondite o saltábamos a la cuerda, pero
eso era todo. Pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo trabajando.
Recuerdo con toda claridad que entraba corriendo en la casa con
mis hermanos cuando mi padre venía, porque nos habríamos visto
en apuros si no hubiéramos empezado los ensayos puntualmente.
A lo
largo de todo este tiempo mi madre fue del todo solidaria con
nosotros. Ella había sido la primera que había reconocido nuestro
talento y continuó ayudándonos a realizar nuestro potencial. Es
difícil creer que hubiéramos llegado hasta donde lo hicimos sin
su amor y su buen humor. Ella se preocupaba por el stress
que soportábamos y las largas horas de ensayo, pero nosotros queríamos
ser los mejores y realmente amábamos la música.
La
música era importante en Gary. Teníamos nuestras propias emisoras
de radio y clubs nocturnos, y no faltaba gente que quisiera estar
en ellos. Después de dirigir nuestros ensayos del sábado por la
tarde, papá iba a ver un espectáculo local o incluso conducía
durante todo el camino hasta Chicago para ver la representación
de alguien. Él siempre observaba las cosas que pudieran ayudarnos
en nuestra carrera. Venía a casa y nos explicaba lo que había
visto y quién lo estaba haciendo. Estaba al corriente de las últimas
novedades, tanto si se trataba de un teatro local que organizaba
concursos en los que pudiéramos entrar, como de un espectáculo
de cabalgata de estrellas con grandes números, cuyos vestidos
o movimientos pudiéramos adaptar. A veces yo no veía a papá hasta
que volvía del Salón del Reino los domingos, pero, tan pronto
como yo entraba en casa, él me contaba lo que había visto la noche
anterior. Me aseguraba que yo podía bailar sobre una pierna como
James Brown sólo con que intentara realizar este paso. Ahí estaba
yo, recién llegado de la iglesia y metido en el negocio del espectáculo.
Comenzamos
a recoger trofeos con nuestro número cuando yo tenía seis años.
Nuestra alineación estaba establecida; el grupo me caracterizó
como el segundo de la derecha, de cara al público, con Jermaine
después de mí y Jackie a mi derecha. Tito y su guitarra se situaba
a la derecha con Marlon a su lado. Jackie estaba creciendo y era
ya más alto que Marlon y yo. Nosotros conservamos aquella posición
concurso tras concurso y fue bien. Mientras otros grupos
que encontrábamos se peleaban entre sí y abandonaban, nosotros
nos estábamos perfeccionando cada vez más e íbamos adquiriendo
mayor experiencia. La gente de Gary que venía con regularidad
a ver los espectáculos de noveles llegó a conocernos, así que
nosotros intentábamos superarnos y sorprenderlos. No queríamos
que empezaran a sentirse cansados de nuestros números. Sabíamos
que el cambio siempre es bueno, que nos ayudaba a crecer, así
que nunca le tuvimos miedo.
Ganar
en una noche de aficionados o un espectáculo de noveles en un
número de diez minutos y dos canciones consumía tanta energía
como un concierto de noventa minutos. Estoy convencido de ello
porque no hay lugar para los errores, tu concentración te consume
más en una o dos canciones que cuando tienes el lujo de doce o
quince en una representación. Estos espectáculos de noveles eran
nuestra educación profesional. A veces conducíamos cientos de
millas para interpretar una canción o dos y esperar que la multitud
no estuviera en contra de nosotros porque no éramos los talentos
locales. Estábamos compitiendo contra gente de todas las
edades y capacidades, desde números rápidos a comediantes y a
otros cantantes y bailarines como nosotros. Teníamos que agarrar
aquella audiencia y conservarla. Nada se dejaba al azar, así que
los vestidos, los zapatos, el cabello, todo tenía que estar de
la manera que papá había planeado. En verdad, parecíamos sorprendentemente
profesionales. Después de toda esta planificación, si nosotros
realizábamos las canciones de la manera que las habíamos ensayado,
las recompensas llegarían solas. Esto fue verdad incluso cuando
estábamos en la parte de Wallace High de la ciudad donde el vecindario
tenía sus propios artistas y aquellos de claqué a los que nosotros
estábamos retando en su propio terreno. Naturalmente, los artistas
locales siempre tenían sus propios fans leales, así que cuando
salíamos de nuestro terreno e íbamos al de otro, la situación
era muy dura. Cuando el maestro de ceremonias ponía su mano sobre
nuestras cabezas para la «medida de aplausos» queríamos asegurarnos
de que la multitud sabía que habíamos dado más que nadie.
Como
actores, Jermaine, Tito y el resto de nosotros estábamos bajo
una presión tremenda. Nuestro manager era de la clase que nos
recordaba que James Brown multaba a sus «Farnous Flames» si ellos
se olvidaban una frase o desafinaban una nota durante una representación.
Como cantante principal yo sentía -más que los otros- que no podía
permitirme una «noche libre». Recuerdo haber estado en el escenario
por la noche después de pasar enfermo en cama todo el día. Era
difícil concentrarse en tales ocasiones, aunque yo sabía tan bien
todas las cosas que mis hermanos y yo teníamos que hacer que podría
haber representado los papeles durmiendo. Algunas veces tenía
que recordarme a mí mismo que no debía buscar en la multitud a
nadie conocido o al maestro de ceremonias. Ambas cosas pueden
distraer a un actor joven. Cantábamos canciones que la gente conocía
de la radio o canciones que mi padre sabía que ya eran clásicas.
Si te embarullabas, te enterabas porque los fans conocían estas
canciones y sabían cómo se suponía que debían sonar. Si te disponías
a cambiar un arreglo, era necesario que sonase mejor que el original.
Nosotros
ganamos el espectáculo de noveles de la ciudad cuando yo tenía
ocho años, con nuestra versión de la canción de los «Temptations»,
My Girl. El concurso tuvo lugar a unas pocas manzanas de casa,
en Roosevelt High. Desde que sonaron las notas de apertura
del bajo de Jermaine y los primeros rasgueos de la guitarra de
Tito, hasta que nos pusimos los cinco a cantar el coro, hubo gente
puesta en pie durante toda la canción. Jermaine y yo intercambiábamos
estrofas mientras Marlon y Jackie bailaban como peonzas. Fue un
maravilloso sentimiento para todos nosotros pasarnos aquel trofeo,
el más grande hasta entonces, de mano en mano entre nosotros.
Finalmente, lo colocamos en el asiento delantero como niños pequeños
y volvimos a casa mientras papá nos decía: «Cuando lo hacéis como
lo habéis hecho esta noche, no pueden dejar de dároslo a vosotros.
»
Ahora
éramos los campeones de la ciudad de Gary y Chicago era nuestro
objetivo siguiente, porque era la zona que ofrecía el trabajo
más estable y la mejor recomendación en kilómetros y kilómetros
de distancia. Empezamos a planear nuestra estrategia con seriedad.
El grupo de mi padre tocaba el sonido de Chicago de los «Muddy
Waters» y «Howlin' Wolf>, pero eran lo suficientemente abiertos
de mentalidad para ver que los sonidos más coloristas, más comerciales
que nos atraían a nosotros, chicos jóvenes, tenían mucho que ofrecer.
Teníamos suerte porque mucha gente de su edad no pensaba del mismo
modo. De hecho, nosotros conocíamos a músicos que pensaban que
el sonido de los años sesenta estaba por debajo del nivel de personas
de su edad, pero no papá. Él identificaba el buen arte del canto
cuando lo oía, incluso al decirnos que había visto el gran grupo
de «doo-woo» de Gary, los «Spaniels», cuando eran estrellas de
pocos años más que nosotros. Cuando Smokey Robinson, de los «Miraeles»,
cantaba una canción como Tracks of my tears, 0 Ooo, baby, baby,
papá prestaba tanta atención como nosotros.
Durante
los años sesenta, Chicago no se quedó atrás musicalmente. En toda
la ciudad, en los mismos locales donde estábamos nosotros, actuaban
grandes cantantes, como los «impressions», con Curtis Mayfield,
Jerry Butler, Major Lance y Tyrone Davis. Por aquellos años,
mi padre se había entregado por completo a la tarea de ser nuestro
«manager», y trabajaba sólo unas horas en la fundación. Mamá tenía
algunas dudas acerca de la sensatez de esta decisión, no porque
no creyese que éramos buenos, sino porque no conocía a nadie más
que emplease la mayor parte del tiempo intentando introducir a
sus hijos en la profesión musical. Incluso estaba menos nerviosa
que nosotros cuando papá le dijo que habíamos sido contratados
fijos en «Mr. Lucky's», un local nocturno de Gary.
Nos veíamos obligados a pasar los fines de semana en Chicago y
otras localidades tratando de agarrar un número cada vez creciente
de «shows» de aficionados, y esos viajes eran caros, de modo que
el trabajo en «Mr. Lucky's» era un modo de hacerlo posible
todo a la vez. Mamá estaba sorprendida de la reacción que
estábamos ganándonos y se sentía muy complacida con los premios
y la atención obtenida, pero no dejaba de preocuparse mucho por
nosotros. Sentía inquietud por mí, debido a mi edad. «¡Vaya
vida para un niño de nueve años!», decía mirando de reojo a mi
padre.
No
sé lo que esperábamos mis hermanos y yo, pero los públicos de
night club no eran iguales que los del Roosevelt High. Allí actuábamos
entre malos cómicos, organistas de salón y muchachas de strip-tease.
Dada mi educación como testigo de Jehová, mamá estaba preocupada
porque yo estaba frecuentando gente inadecuada y familiarizándome
con cosas que hubiera sido mejor que tardase mucho en conocer,
en el curso de la vida. No tenía por qué inquietarse: sólo por
echarle una ojeada a una de aquellas chicas no iba a complicarme
la vida, y menos, por cierto, a los nueve años de edad. De todos
modos, era una manera terrible de vivir, y esto nos infundía a
todos más decisión en nuestro intento de ascender dentro de aquel
ambiente y apartarnos lo más lejos posible de aquella vida.
Trabajar
en «Mr. Lucky's» significaba que por vez primera en nuestras
vidas teníamos un show completo que realizar -con cinco apariciones
por noche, seis noches por semana- y si papá encontraba algo fuera
de la ciudad que pudiéramos hacer en la séptima noche, lo cogía.
Estábamos trabajando duramente, pero el público de estilo bar
no era malo con nosotros. Les gustaba James Brown y Sam y Dave
tanto como a nosotros, y, además, nosotros éramos algo extra que
les salía gratis, comprendido en la bebida y el alterne, de modo
que estaban sorprendidos y contentos. Incluso lo pasábamos bastante
bien con ellos en un número, la canción de Joe Tex Skinny Legs
and all. Empezábamos la canción y, hacia la mitad, yo salía a
mezclarme con el público, me arrastraba por debajo de las mesas
y les levantaba las faldas a las señoras para mirar debajo. La
gente echaba dinero mientras yo me escabullía, y cuando yo empezaba
a bailar, iba recogiendo todos los dólares y monedas que habían
echado al suelo antes, y me los metía en los bolsillos de mi chaqueta.
En
realidad yo no estaba nervioso cuando empezamos a actuar en los
clubs nocturnos, gracias a toda la experiencia que había acumulado
con los espectáculos de noveles. Yo siempre estaba dispuesto
a salir y a actuar, ya sabéis, dispuesto a hacerlo: a cantar y
bailar y a crear un clima de humor.
En
aquella época trabajamos en más de un club donde había sitrip-tease.
Yo acostumbraba quedarme entre bastidores de cierto local en Chicago
y a contemplar a una señora que se llamaba Mary Rose. Yo debía
tener nueve o diez años. Esa chica se sacaba la ropa y los panties
y los echaba al público. Los hombres los cogían, los olfateaban
y vociferaban. Mis hermanos y yo observábamos todo eso, lo captábamos,
y mi padre no le concedía importancia. Estábamos expuestos a una
serie de peligros trabajando en aquel sector de locales. En un
lugar habían hecho un agujerito en la pared del vestidor de los
músicos que coincidía con la pared del lavabo de señoras. Podía
mirar por el agujero y vi cosas que nunca olvidaré. Los chicos
de aquel ambiente eran tan salvajes que se pasaban el tiempo haciendo
agujeros en las paredes del vestidor de las mujeres. Como es natural,
estoy seguro de que mis hermanos y yo nos peleábamos para obtener
turno y mirar por el agujero. «¡Vete de aquí, me toca a mí!» Nos
empujábamos para ganar un lugar desde el que mirar.
Más
tarde, cuando trabajamos en el teatro «Apollo» de Nueva York,
vi algo que realmente me dejó fuera de combate porque no sabía
que existiesen cosas semejantes. Había visto, desde luego, a algunas
chicas del strip-tease, pero aquella noche una muchacha con magníficas
pestañas y cabello largo salió a escena a hacer su trabajo. Estaba
desarrollando un número grandioso. De súbito, al final, se sacó
la peluca, extrajo un par de naranjas del sostén, y descubrió
que era en realidad un chico de facciones enérgicas cubiertas
por todo aquel maquillaje. Eso me dejó estupefacto. Yo era solamente
un niño y no podía ni concebir cosa semejante. Pero eché una ojeada
al público del teatro y vi que estaban metidos en el número, aplaudiendo
calurosamente y gritando. Yo no era más que un muchacho joven,
que permanecía entre bastidores, contemplando aquel cuadro insensato.
Estaba petrificado.
Como
dije, recibí una educación sólida cuando era niño. Más que
la mayoría. Acaso esto me liberó de concentrarme en otros
aspectos de la vida cuando fui adulto. Cierto día, poco después
de haber trabajado con éxito en los clubs de Chicago, papá trajo
a casa una grabación de algunas canciones que no habíamos oído
antes. Estábamos acostumbrados a sacar de la radio música popular,
y, por tanto, teníamos curiosidad sobre el motivo por el que papá
empezó a poner dichas canciones una y otra vez, para que escucháramos
a un muchacho que no cantaba demasiado bien, sobre un fondo de
algunas cuerdas de guitarra. Papá nos dijo que el hombre
de la grabación no era realmente un artista, sino un compositor
de canciones que poseía un estudio de grabación en Gary.
Su nombre era Mr. Keith, y nos había dado una semana para practicar
sus canciones con el fin de que viéramos si podíamos sacar un
disco de ellas. Por supuesto, nos sentimos entusiasmados. Queríamos
hacer un disco, cualquier disco.
Trabajamos
estrictamente sobre el sonido, pasando por alto las rutinas de
baile que nosotros elaborábamos normalmente para una nueva canción.
No era muy divertido hacer una canción que nadie de nosotros conocía,
pero éramos ya lo bastante profesionales para ocultar nuestra
decepción y dar al tema todo cuanto podíamos. Cuando estuvimos
a punto y creímos que habíamos hecho todo lo posible con el material,
papá nos hizo grabar después de unos pocos comienzos en falso
y de unas pocas broncas, claro. Después de un día o dos
de intentar adivinar si a Mr. Keith le había gustado la grabación
que habíamos hecho para él, papá de repente apareció con más canciones
suyas a fin de que las aprendiéramos para nuestra primera sesión
de grabación.
Mr.
Keith, como papá, era un trabajador de la fábrica que amaba la
música, con la diferencia de que él estaba más metido en el sector
de los discos y del negocio. Su estudio y marca se llamaban
Steeltown. Recordando todo esto me doy cuenta de que Mr. Keith
estaba simplemente tan entusiasmado como nosotros. Su estudio
estaba en el centro de la ciudad y nosotros fuimos temprano un
sábado por la mañana antes de «The Road Runner Show», mi espectáculo
favorito de aquella época. Mr. Keith nos recibió en la puerta
y abrió su estudio. Nos enseñó una pequeña cabina de cristal con
toda clase de equipo y explicó las diversas tareas que realizaba
cada uno. No pareció que nosotros tuviéramos que depender de ninguna
cinta magnetofónica, al menos en este estudio. Yo me puse unos
auriculares grandes de metal que me llegaban a mitad de la nuca
e intenté parecer dispuesto para cualquier cosa.
Mientras
mis hermanos discurrían dónde enchufar sus 5 6 instrumentos y
situarse, llegaron algunos cantantes de acompañamiento y una sección
de instrumentos de viento. Al principio supusimos que estaban
allí para hacer un disco después de nosotros. Estuvimos encantados
y sorprendidos cuando averiguamos que estaban allí para grabar
con nosotros. Miramos a papá, pero él no cambió de expresión.
Él lo sabía, obviamente, y lo aprobaba. Incluso entonces
la gente había aprendido a no dar sorpresas a mi padre. Nos dijeron
que escucháramos a Mr. Keith, que nos instruiría mientras estábamos
en la cabina. Si hacíamos lo que él decía, el disco saldría
solo.
Después
de unas pocas horas acabamos la primera canción de Mr. Keith.
Algunos de los cantantes de acompañamiento y de los trompetistas
no habían hecho discos tampoco y lo encontraban difícil, pero
ellos tampoco tenían un perfeccionista por manager y, por consiguiente,
no estaban acostumbrados a hacer cosas una y otra vez como lo
estábamos nosotros. Fue en ocasiones como éstas cuando nos
dimos cuenta de lo duro que trabajaba papá para hacer de nosotros
unos profesionales consumados. Volvimos unos cuantos sábados más:
grabábamos las canciones que habíamos ensayado durante la semana
y nos llevábamos a casa una nueva cinta de Mr. Keith cada vez.
Un sábado, papá incluso llevó su guitarra para interpretar con
nosotros. Fue la única vez que grabó con nosotros. Después
de que los discos fueran prensados, Mr. Keith nos dio algunas
copias de modo que pudiéramos venderlas entre los números y después
de los espectáculos. Sabíamos que no era ésta la manera en que
lo hacían los grandes grupos pero todo el mundo tenía que empezar
de algún modo y en aquellos días tener un disco con el nombre
de tu grupo ya era algo. Nos sentíamos muy afortunados.
El
primer single de Steeltown, «Big Boy», tenía una línea sugerente
de bajo. Era una hermosa canción acerca de un muchacho que quería
enamorarse de alguna chica. Naturalmente, con objeto de captar
todo el cuadro, uno tiene que imaginarse a un chico delgado de
nueve años cantando esta canción. Las palabras decían que yo no
quería seguir oyendo cuentos de hadas, pero en verdad yo era demasiado
joven para captar el significado real de la mayoría de las palabras
de estas canciones. Simplemente cantaba lo que me daban.
Cuando
ese disco, con su línea subyugante, de bajo, empezó a oírse por
la radio en Gary, nos convertimos en algo importante en nuestro
vecindario. Nadie podía creer que teníamos nuestro propio disco.
Hasta a nosotros nos costó creerlo.
Después
de aquel primer disco de Steeltown empezamos a tener como objetivo
todos los grandes espectáculos de noveles de Chicago. Los otros
intérpretes solían mirarme con prevención cuando me encontraban,
debido a mi corta edad, sobre todo los que iban detrás de nosotros.
Un día Jackie estaba riéndose a carcajadas como si alguien le
hubiera contado el chiste más divertido del mundo. Esto no era
una buena señal justo antes del espectáculo, y yo pude decirle
a papá que estaba preocupado porque iba a troncharse en el escenario.
Papá fue para decirle una palabra, pero Jackie le susurró algo
al oído y pronto papá se echó a reír apretándose con las manos
la cintura. Yo también quería saber el chiste. Papá dijo con orgullo
que Jackie había oído a los intérpretes principales hablando entre
ellos. Un tipo había dicho: «Sería mejor que no dejáramos a esos
«Jackson 5» que nos aplastaran con ese enano que tienen. »
Yo
estaba disgustado al principio porque vi heridos mis sentimientos.
Pensé que se estaban comportando con mezquindad. Yo no podía evitar
ser el más pequeño, pero pronto todos los otros hermanos empezaron
a troncharse también.
Papá
explicó que no se estaban riendo de mí. Me dijo que yo debería
estar orgulloso y que aquel grupo estaba diciendo tonterías porque
pensaban que yo era un adulto que hacía de niño como uno de los
«Munchkins» en El Mago de Oz. Papá dijo, que si yo tenía a aquellos
tipos hablando de mí como los chicos del vecindario que nos causaban
daño en los tiempos de Gary, entonces es que teníamos a Chicago
en el bote.
Todavía
nos quedaba un buen pedazo de camino por recorrer. Después de
que hubiéramos actuado en algunos clubs de Chicago bastante buenos,
papá firmó para que actuáramos en la competición nocturna del
Royal Theater de aficionados de la ciudad. Él había ido a ver
a B. B. King en el Regal la noche que hizo su famoso álbum en
directo. Cuando papá dio a Tito aquella guitarra roja alta años
antes, le habíamos hecho broma pensando en chicas cuyo nombre
podía dar a su guitarra como la Lucille de B. B. King.
Ganamos
aquel espectáculo durante tres semanas seguidas con una nueva
canción cada semana para mantener la expectación de los miembros
asiduos del público. Algunos de los otros intérpretes se quejaron
de que era una muestra de avaricia el que nosotros volviéramos
de nuevo, pero ellos perseguían lo mismo que nosotros. Existía
la norma de que si uno ganaba la noche de aficionados tres veces,
te invitarían a realizar un espectáculo pagado para miles de personas,
no docenas como los públicos para los que estábamos tocando en
los bares. Conseguimos esa oportunidad y el espectáculo fue encabezado
por «Gladys Knight and the Pips», que estaban abriéndose paso
con una nueva canción que nadie conocía llamada I
Heard It Through the Grapevine. Fue una noche decisiva.
Después
de Chicago hubo otro gran espectáculo de aficionados que nosotros
realmente sentimos que necesitábamos ganar: el Apollo Theater
en la ciudad de Nueva York. Mucha gente de Chicago pensaba que
ganar en el Apollo era tan sólo cuestión de suerte y nada más,
pero papá lo consideraba como mucho más que eso. Sabía que Nueva
York tenía un gran calibre de talentos, justo como Chicago, y
sabía que había más gente del disco y músicos profesionales en
Nueva York que en Chicago. Si podíamos triunfar en Nueva York
podríamos hacerlo en cualquier parte. Eso significaba para nosotros
ganar en el Apollo.
Chicago
había enviado una especie de informe exploratorio sobre nosotros
a Nueva York y nuestra fama era tal, que el Apollo nos introdujo
en las finales de las primeras figuras, aunque no habíamos estado
en ninguna de las competiciones preliminares. En aquella
época Gladys Knight ya nos había hablado de ir a Motown, como
lo había hecho Bobby Taylor, miembro de los «Vancouvers», con
los cuales mi padre había trabado amistad. Papá les había
dicho que a nosotros nos gustaría tener una audición en Motown,
pero esto formaba parte de nuestro futuro.
Llegamos
al Apollo, en la Calle 125, lo bastante pronto para poder tomar
parte en una visita comentada. Anduvimos por el teatro y contemplamos
todos los retratos de las estrellas que habían actuado en él,
unas de raza blanca y otras de color. El manager terminó mostrándonos
los camerinos, pero para entonces yo ya había descubierto los
retratos de todos mis favoritos. Mientras mis hermanos y
yo pagábamos nuestro tributo al llamado «circuito de teloneros»,
preliminares de otros números, yo me dedicaba a observar a todas
las estrellas porque anhelaba aprender todo lo que pudiera. Contemplaba
sus pies, su forma de mover los brazos, su manera de agarrar el
micro, y trataba de descifrar lo que hacían y por qué lo hacían.
Después de haber estudiado a James Brown desde los bastidores,
conocía todos sus pasos, ruecas, saltos y vueltas. Debo decir
que él ofrecía una actuación agotadora, que te dejaba emocionalmente
exhausto. Su presencia física. el fuego que salía de sus poros,
eran fenomenales. Sentías cada gota de sudor de su rostro y sabías
lo que él estaba pasando. No he visto nunca a nadie que actúe
como él. Era realmente increíble. Cuando yo contemplaba
a alguien que me gustaba, me sentía incorporado a él. James Brown,
Jackie Wilson, Sam and Dave, los O'Jay, todos ellos solían modelar
su público. Yo podía aprender más observando a Jackie Wilson que
a ningún otro, o ninguna otra cosa. Todo esto constituyó una parte
importante de mi educación.
Teníamos
por costumbre permanecer entre bastidores, detrás de los telones,
y contemplar a los artistas cuando habían acabado sus números
y les veíamos a todos sudorosos. Yo me mantenía aparte lleno de
temor y les contemplaba. Todos ellos llevaban aquellos magníficos
zapatos de charol. Todo mi sueño parecía centrarse en poseer un
par de zapatos de charol. Recuerdo el abatimiento que me produjo
enterarme de que no se fabricaban en tamaños infantiles. Iba de
tienda en tienda buscando zapatos de charol y me decían: «No los
hacemos tan pequeños. » Yo me sentía apenado porque quería tener
unos zapatos que tuviesen el mismo aspecto que aquellos otros
del escenario, relucientes y finos, que se volvían de color rojo
y naranja cuando las luces daban sobre ellos. ¡Oh, cuánto deseaba
tener unos zapatos de charol como los que llevaba Jackie Wilson!
La
mayoría de las veces yo estaba solo en el fondo del escenario.
Mis hermanos estaban en el piso superior comiendo y hablando,
y yo permanecía entre bastidores, acurrucado, con toda mi pequeñez,
agarrado a un telón polvoriento y de fuerte olor, contemplando
el espectáculo. Quiero poner de relieve que yo observaba cada
paso, cada movimiento, cada cruce de pies, cada vuelta, cada guiño,
cada emoción, cada movimiento de luces. Ésta era mi educación
y mi diversión. Yo estaba siempre allí cuando tenía tiempo libre.
Mi padre, mis hermanos, los demás músicos, todos sabían dónde
encontrarme. Me gastaban bromas sobre ello, pero yo estaba tan
absorto en lo que estaba mirando o en recordar lo que había visto,
que no me preocupaba. Recuerdo todos aquellos teatros: el
Regal, el Uptown, el Apollo... demasiados para mencionarlos todos.
El talento que brotaba de aquellos locales era de dimensiones
míticas. La máxima educación del mundo consiste en contemplar
a los maestros cuando trabajan. No se puede explicar lo que he
llegado a aprender simplemente parándome a mirar. Algunos músicos
-Springsteen y U2, por ejemplo- pueden pensar que se han procurado
la educación en las calles. Yo soy un artista de corazón y he
obtenido la mía en el escenario.
Jackie
Wilson estaba retratado en la pared del Apollo. El fotógrafo le
había sorprendido con una pierna levantada, torcida, pero no tanto
como para que no pudiera tener cogido el soporte del micrófono,
llevándolo adelante y atrás. Podía haber estado cantando una canción
triste como Lonely Teardrops y a pesar de ello tener al público
tan alucinado con su baile que nadie podía sentirse ni triste
ni solitario.
Sam
and Dave tenían el retrato corredor adelante, junto a la foto
de una orquesta antigua. Papá se había hecho amigo de Sam
Moore. Recuerdo la grata sorpresa que tuve ante la amable
acogida que me dispensó la primera vez que nos vimos. Yo
había estado cantando sus canciones tanto tiempo que casi pensé
que iba a tirarme de las orejas. Y no lejos de ellos estaba
«El rey de todos, Mr. Dynamite», James Brown. Antes de que
él apareciese, un cantante era un cantante y un bailarín era un
bailarín. Un cantante podía bailar y un bailarín podía cantar,
pero a menos que fueras Fred Astaire o Gene Kelly, lo más fácil
es que hicieras una cosa mejor que la otra, en especial en un
espectáculo en vivo. Pero James Brown lo cambió todo.
No había foco que pudiera cogerle mientras él rebullía por el
escenario; había que inundarle en luz. Yo anhelaba ser tan
bueno como él.
Ganamos
el concurso nocturno de aficionados del Apollo, y yo me sentí
como si me dirigiese a todas aquellas fotos de las paredes y dando
gracias a mis «profesores». Papá estaba tan feliz que dijo
que podía haber vuelto volando a Gary aquella noche. Se
sentía en la cima del mundo, al igual que nosotros. Mis
hermanos y yo habíamos conseguido sobresalientes y estábamos esperando
poder conseguir saltar un «grado». En realidad, yo capté
que no estaríamos haciendo espectáculos de noveles ni conviviendo
con números de strip-tease por mucho tiempo.
En
verano de 1968 nos dieron a conocer la música de un grupo familiar
que iba a cambiar nuestro sonido y nuestras vidas. No tenían
todos el mismo último apellido, eran blancos y negros, hombres
y mujeres, y se llamaban «Sly and the Family Stone». Habían
tenido algunos hits sorprendentes a lo largo de los años, tales
como Dance to the Music, Stand, Hot Fun in the Summertime.
Mis hermanos me señalaban a mí cuando oían la frase acerca del
enano que se finge alto y entonces yo me reía también. Escuchábamos
estas canciones en todas las sintonías, incluso en las emisoras
de rock. Ellos tuvieron una tremenda influencia sobre todos nosotros,
los Jackson, y les debemos mucho.
Después
del Apollo seguimos tocando con la mirada sobre el mapa y el oído
en el teléfono. Mamá y papá habían establecido una regla
de que las llamadas no durasen más de cinco minutos, pero cuando
volvimos del Apollo, incluso cinco minutos era demasiado tiempo.
Teníamos que mantener despejadas las líneas por si cualquiera
de una compañía de discos quería ponerse en contacto con nosotros.
Vivíamos con el temor de que se encontraran con la señal de que
estaba ocupado. Queríamos que nos llamaran de una compañía en
particular, y, si ellos llamaban, queríamos contestar.
Mientras
esperábamos, supimos que alguien que nos había visto en el Apollo
nos había recomendado al «David Frost Show» en Nueva York. ¡Íbamos
a estar en la televisión! Era la emoción más grande que
habíamos tenido nunca. Yo se lo dije a todo el mundo en la escuela,
y se lo conté dos veces a aquellos que no me creían. íbamos a
ir al cabo de unos pocos días. Estaba contando las horas.
Me había imaginado todo el viaje intentando figurarme cómo sería
el estudio y cómo resultaría mirar a una cámara de televisión.
Volví
a casa llevando los deberes que para el viaje me había preparado
el profesor. Tuvimos otro ensayo «con todo» y luego teníamos
que hacer una selección definitiva de las canciones. Me
preguntaba qué canciones presentaríamos.
Aquella tarde papá dijo que se había
cancelado el viaje a Nueva York. Nos quedamos de piedra
mirándole.
Estábamos
estupefactos. Yo me sentía a punto de llorar. Habíamos estado
pensando en obtener nuestro gran lanzamiento. ¿Cómo podían hacernos
semejante cosa? ¿Qué ocurría? ¿Por qué había cambiado de idea
Mr. Frost? Mi cabeza no paraba de darle vueltas al tema
y creo que lo mismo ocurría con la de todos los demás. «He cancelado
el viaje», anunció mi padre con calma. Volvimos a mirarle
fijamente sin poder decir nada. «Llamaron de Motown». Me
recorrió la espalda un estremecimiento helado.
Recuerdo
los días precedentes a aquel viaje con una claridad casi perfecta.
Me veo a mí mismo esperando fuera de la clase de primer grado
que era la de Randy. Le tocaba a Marlon acompañarle a casa,
pero cambiamos el día. La profesora de Randy me deseó suerte
en Detroit porque Randy le había dicho que íbamos a Motown para
una audición. Él estaba tan entusiasmado que yo tuve que recapacitar
sobre el hecho de que él, en realidad, no sabía lo que era Detroit.
Toda la familia había estado hablando de Motown y Randy ni siquiera
sabía qué clase de ciudad era. La profesora me dijo que
él estaba buscando Motown en el globo terráqueo de la clase.
Ella opinó que deberíamos presentar «You don't know like I know»
de la manera que nos había visto hacerlo en el Regal de Chicago
cuando vino a vernos un grupo de profesores que se trasladaron
allí con este fin. Ayudé a Randy a ponerse el abrigo y él
cortésmente convino en tenerlo presente, sabiendo que no podíamos
presentar una canción de Sam and Dave en una audición de Motown
porque ellos pertenecían a Stax, un sello de la competencia.
Papá nos dijo que las compañías se ponían muy serias sobre estos
temas y que nos quería tener enterados para que no hubiera líos
cuando llegáramos allí. Me miró a mí y dijo que le gustaría
ver que su cantante de diez años se conducía como si tuviera once.
Salimos
de la escuela elemental Garrett para emprender el corto camino
que conducía a casa, pero teníamos que darnos prisa. Me
acuerdo de que me puse nervioso cuando un coche pasó rozándonos
y luego otro. Randy me tomó de la mano e hicimos señas al
urbano del cruce. Yo sabía que LaToya tendría que desviarse
de su camino al día siguiente para llevar a Randy a la escuela
porque Marlon y yo estaríamos en Detroit con los demás. La última
vez que actuamos en el teatro Fox de Detroit nos marchamos inmediatamente
después del espectáculo y volvimos a Gary a las cinco de la madrugada.
Dormí en el coche la mayor parte del camino, con lo que el ir
a la escuela aquella mañana no resultó tan mal como podía haber
sido. Pero en el ensayo de las tres de la tarde yo me iba
arrastrando como si llevara pesos de plomo en los pies.
Podríamos
habernos marchado aquella noche después de nuestro número puesto
que éramos los terceros de la lista, pero esto habría supuesto
perdernos a la primera figura, Jackie Wilson. Lo había visto
en otros escenarios, pero en el Fox él y su orquesta estaban en
un escenario elevado que se levantaba cuando él empezaba su número.
Cansado como estaba después de la escuela al día siguiente, recuerdo
haber probado algunos de aquellos movimientos en el ensayo después
de haberlos practicado delante de un gran espejo de los lavabos
de la escuela mientras los demás muchachos me miraban. Mi
padre estaba complacido e incorporamos aquellos pasos en uno de
mis números.
Antes de
que Randy y yo volviéramos la esquina para salir a Jackson Street,
había un gran charco. Miré si pasaban coches pero no había
ninguno y entonces solté la mano de Randy y brinqué por encima
del charco, haciendo impulso con mis pulgares para poder saltar
sin mojar las vueltas de mi pantalón. Me volví para mirar
a Randy, sabiendo que él quería hacer las mismas cosas que yo
hacía. Tomó carrerilla, pero me di cuenta de que era un charco
bastante grande, demasiado ancho para que lo saltara sin mojarse,
de modo que considerando en primer lugar que yo era el hermano
mayor y dejando en segundo lugar que era su profesor de baile,
le cogí antes de que cayese en medio y se mojase.
Al
otro lado de la calle los chicos del vecindario están comprando
«candy» e incluso alguno de los muchachos que me hacían la vida
difícil en la escuela me preguntó cuándo nos marchábamos a Motown.
Yo se lo dije y compré «candy» para ellos y para Randy también,
con mi dinero. Yo no quería que Randy se sintiera mal porque me
iba.
Mientras nos
acercábamos a la casa oí a Marlon que gritaba «¡Que alguien cierre
esa puerta!» El lado de nuestro mini-bús Volkswagen estaba abierto
del todo y yo me estremecí pensando en el frío que íbamos a pasar
en el largo camino hasta Detroit. Marlon nos había mandado
a casa y ya estaba ayudando a Jackie a cargar el autobús con nuestro
material. Jackie y Tito llegaron a casa con mucho tiempo
por una vez; se suponía que tenían entrenamiento de baloncesto
pero el invierno en Indiana no había parado de crear nieve fangosa
y estábamos deseosos de tener un buen comienzo. Jackie estaba
aquel año en el equipo de baloncesto del colegio de enseñanza
media y a papá le gustaba decir que la próxima vez que fuéramos
a jugar a Indianápolis sería cuando Roosevelt fuera a los campeonatos
nacionales. Los «Jackson 5» tocarían entre los juegos de
la noche y la mañana y Jackie lanzaría el tiro ganador para el
título. A papá le gustaba bromear sobre nosotros, pero uno
nunca sabía lo que podía suceder con los Jackson. Él quería que
fuéramos buenos en muchas cosas, no solamente en música.
Creo que quizá tenía aquel impulso de su padre, quien enseñaba
en la escuela. Yo sé que mis profesores no fueron nunca
tan duros con nosotros como lo fue él y a ellos se les pagaba
por ser duros y exigentes.
Mamá
vino a la puerta y nos dio los termos y los bocadillos que había
empaquetado. Recuerdo que me dijo que no rasgara la camisa
de vestir que ella había metido en la maleta después de coserla
la noche anterior. Randy y yo ayudamos a poner algunas cosas
en el autobús y entonces volvimos a la cocina, donde Rebbie estaba
cuidando de la cena de papá con un ojo y vigilando al mismo tiempo
a la pequeña Janet que estaba en la silla alta con el otro.
La
vida de Rebbie no fue nunca fácil como hija mayor. Sabíamos que
tan pronto como hubiera terminado la audición de Motown resolveríamos
si teníamos que trasladarnos o no. Si lo hacíamos, ella
tendría que irse al sur con su novio. Ella siempre llevaba las
cosas cuando mamá estaba en la escuela nocturna acabando el diploma
superior que no había podido tener a causa de su enfermedad.
Yo no podía creerlo cuando mamá nos dijo que iba a conseguir su
diploma. Recuerdo que estaba preocupado por el hecho de
que ella tuviera que ir a la escuela con muchachos de la edad
de Jackie o Tito y que se reirían de ella. También recuerdo
lo mucho que ella se rió cuando le dije esto y cómo me explicó
pacientemente que estaría con otros adultos. Era interesante
tener una madre que hacía deberes como el resto de nosotros.
Cargar
el autobús fue más fácil de lo normal. Usualmente, Ronnie y Johnny
habrían venido a ayudarnos, pero, como los propios músicos de
Motown estaban tocando detrás de nosotros, íbamos solos. Jermaine
estaba en nuestra habitación acabando algunas de sus tareas cuando
yo entré. Sabía que él quería sacarlas de en medio. Me dijo que
nosotros deberíamos arrancar hacia Motown por nuestra cuenta y
dejar a papá, ya que Jackie había sacado el carnet de conducir
y estaba en posesión de un juego de llaves. Los dos nos
echamos a reír, pero en lo profundo de mi ser, yo no podía imaginar
ir sin papá. Incluso en las ocasiones en que mamá conducía
nuestros ensayos después de la escuela porque papá no había llegado
a casa a tiempo de su turno, a mí me parecía que lo tenía a él,
porque ella actuaba como sus ojos y sus oídos. Ella siempre sabía
lo que había sido bueno la noche anterior y lo que hoy había salido
chapucero. Papá lo sabría a través de ella por la noche.
Me parecía que ellos casi se hacían señales el uno al otro o algo
parecido... Papá podía decir siempre si habíamos estado interpretando
como se suponía que teníamos que hacerlo por alguna indicación
invisible de mamá.
No
hubo un largo adiós en la puerta cuando nos marchamos hacia Motown.
Mamá estaba acostumbrada a que estuviéramos fuera durante varios
días y durante las vacaciones de la escuela. LaToya hizo algunos
pucheros porque quería ir. Ella sólo nos había visto en
Chicago y nunca habíamos podido estar el tiempo suficiente en
lugares como Boston o Phoenix para llevarle algo a la vuelta.
Creo que nuestras vidas le deben haber parecido encantadoras porque
ella tenía que permanecer en casa e ir a la escuela. Rebbie tenía
las manos ocupadas intentando poner a dormir a Janet, pero ella
dijo adiós e hizo un signo con la mano. Le di a Randy un
último golpecito en la cabeza y nos fuimos.
Papá
y Jackie miraron un mapa cuando comenzamos a andar, principalmente
por costumbre, porque habíamos estado en Detroit antes, desde
luego. Pasamos por el estudio de grabación de Mr. Keith
en el centro de la ciudad junto al City Hall mientras atravesábamos
la ciudad. Habíamos hecho algunas pruebas en el estudio
de Mr. Keith que papá envió a Motown después del disco de Steeltown.
El sol estaba bajando cuando llegamos a la carretera. Marlon
anunció que si oíamos uno de nuestros discos en la emisora WVON
nos iba a traer suerte. Todos asentimos. Papá nos preguntó si
recordábamos lo que WVON significaba, mientras con el codo advertía
a Jackie que se estuviera quieta. Yo seguí mirando por la
ventana pensando en las posibilidades que teníamos por delante,
pero Jermaine interrumpió. «Voice of the Negro», dijo. Pronto
estuvimos dando vueltas a todos los nombres del dial «WGN World's
Greatest Newspaper» (La Tribune de Chicago era el propietario).
«WLS, World's Largest Store» (Sears) «WCFL... ». Nos detuvimos,
cortados. «Chicago Federation of Labor», dijo papá voviéndose
para buscar el termo. Volvimos a la 1-94 y la emisora de Gary
desapareció debajo de una emisora de Kalamazoo. Empezamos a dar
vueltas, buscando música de los Beatles en el CKLW de Windsor,
Ontario, Canadá.
Siempre
había sido un fan del Monopoly en casa y había algo en el hecho
de ir a Motown que era un poco como aquel juego. En el Monopoly
vas por el tablero comprando cosas y tomando decisiones.
El circuito de teatros donde actuamos y ganamos concursos era
como un tablero de Monopoly lleno de posibilidades y peligros.
Después de todas las paradas a lo largo del camino, finalmente
aterrizamos en el teatro Apollo de Harlem, que era definitivamente
el «aparcamiento» para intérpretes jóvenes como nosotros.
Entonces estábamos en nuestro camino hacia la «calzada principal»,
dirigiéndonos a Motown.
¿Ganaríamos el juego o pasaríamos el
«Seguir» con una gran valla, que nos separase de nuestra meta
para otra vuelta?
Había
algo cambiante en mí y yo podía sentirlo, incluso tiritando en
el autobús. Durante años habíamos hecho el camino hasta
Chicago preguntándonos si éramos lo bastante buenos como para
salir alguna vez de Gary, y lo éramos. Entonces tomamos la dirección
hacia Nueva York, seguros de que nos hundiríamos si no éramos
lo bastante buenos para triunfar allí. Incluso aquellas
noches en Filadelfia y Washington no me animaron lo bastante para
evitar que le diera vueltas a la idea de que no había alguien
o algún grupo que no conociéramos en Nueva York que pudiera superarnos.
Cuando hicimos una actuación demoledora en el Apollo, finalmente
sentimos que nada se interpondría en nuestro camino. Nos
estábamos dirigienda Motown y nada de lo de allí iba a sorprendernos
tampoco. Íbamos a sorprenderlos a ellos, tal como lo hicimos siempre. Papá
sacó las direcciones mecanografiadas de la guantera y nosotros
nos salimos de la carretera pasando por la salida de la Woodward
Avenue. No había mucha gente en las calles porque era una
noche corriente para todos los demás.
Papá
estaba un poco nervioso acerca de si nuestros alojamientos estarían
en orden, lo que me sorprendió hasta que me di cuenta de que la
gente de Motown había escogido el hotel. No estábamos acostumbrados
a que nos hicieran las cosas. Nos gustaba ser nuestros propios
amos. Papá siempre había sido nuestro agente de taquilla,
nuestro agente de viajes y manager. Cuando él no se cuidaba
de esos arreglos, lo hacía mamá. Así que no es de extrañar
que incluso Motown lograra que se sintiera receloso de que él
debería haber hecho las reservas, de que él debería haberlo manejado
todo.
Estuvimos
en el Gotham Hotel. Se habían hecho las reservas y todo
estaba en orden. Había una televisión en nuestra habitación
pero todas las emisoras habían terminado y, puesto que teníamos
la audición a las diez, no era cuestión de quedarse hasta más
tarde. Papá nos mandó a la cama, cerró la puerta y salió.
Jermaine y yo estábamos demasiado cansados hasta para hablar.
Todos
estábamos levantados a tiempo a la mañana siguiente. Pero,
en realidad, nos sentíamos tan nerviosos como él y saltamos de
la cama en cuanto nos llamó porque no habíamos actuado en muchos
lugares donde esperaban que fuéramos profesionales. Sabíamos
que iba a ser difícil juzgar si lo estábamos haciendo bien.
Estábamos acostumbrados a la respuesta del público tanto si estábamos
compitiendo como si únicamente tocábamos en un club, pero papá
nos había dicho que, cuanto más rato estuviéramos, más querrían
oírnos.
Subimos
al Volkswagen después de tomar cereales y leche en la cafetería.
Me di cuenta de que ofrecían sémola en el menú, por lo que supe
que había mucha gente del sur allí. Nunca habíamos ido al
sur y queríamos visitar la tierra de mamá algún día. Deseábamos
tener el sentido de nuestras raíces y las de los otros negros,
en especial después de lo que le había sucedido al doctor Martin
Luther King. Recuerdo muy bien el día en que murió.
Todo el mundo quedó destrozado. Nosotros no ensayamos aquella
noche. Me fui al Salón del Reino con mamá y algunas otras
personas. La gente estaba llorando como si hubiera perdido
a un miembro de su propia familia. Incluso los hombres,
que por lo general eran bastante inconmovibles, fueron incapaces
de controlar su pena. Yo era demasiado joven para captar
toda la tragedia de la situación, pero cuando recuerdo ahora aquel
día me entran ganas de llorar, por el doctor Martin Luther King,
por su familia y por todos nosotros.
Jermaine
fue el primero en localizar el estudio, que era conocido como
Hitsville, U.S.A. Parecía algo destartalado, lo cual no era lo
que yo había esperado. Nos preguntamos a quién podíamos
ver, quién podía estar allí haciendo un disco aquel día.
Papá nos había adiestrado para que le dejáramos decirlo todo a
él. Nuestro trabajo era interpretar como nunca lo habíamos
hecho antes. Y eso era pedir mucho, porque nosotros siempre
lo ofrecíamos todo en cada representación, pero sabíamos lo que
él quería decir.
Había
multitud de gente esperando en el interior, pero papá dijo el
santo y seña y salió un hombre con camisa y corbata a recibirnos.
Conocía todos nuestros nombres, cosa que nos dejó atónitos.
Nos pidió que dejáramos allí los abrigos y le siguiéramos.
El resto de la gente nos miraba como si fuésemos fantasmas.
Yo me preguntaba quién serían y cuál sería su caso. ¿Habrían llegado
de un largo viaje? ¿Habrían estado allí esperando día tras día
introducirse sin tener una hora dada?
Cuando
entramos en el estudio, uno de los muchachos de Motown estaba
ajustando una cámara de cine. Había un espacio donde se
habían instalado instrumentos y micros. Papá se metió dentro
de una de las cabinas de sonido para hablar con alguien y desapareció.
Yo traté de imaginarme que me encontraba en el teatro Fox, en
el escenario elevado y en que el trabajo era el mismo de siempre.
Decidí, al mirar en mi derredor, que si alguna vez construía mi
propio estudio, me procuraría un micrófono como el que tenían
en el Apollo, que salía del suelo. Casi me caí de narices al bajar
corriendo aquellas escaleras del sótano, intentando imaginarme
adónde conducían cuando desaparecían lentamente por debajo del
nivel del escenario.
La
última canción que interpretamos era Who's Loving You. Cuando
terminó nadie aplaudió ni dijo una palabra. Yo no pude quedarme
en la ignorancia, de modo que salté: «¿Cómo ha ido esto?» Jermaine
me siseo. Los muchachos mayores que nos daban respaldo estaban
riéndose de algo. Les miré por el rabillo del ojo. «¿Conque
"Jackson Jive", eh?», dijo uno de ellos con una fuerte
mueca.' Me quedé confundido. Creo que mis hermanos también
lo estaban.
El
hombre que nos había guiado dijo: «Gracias por haber venido».
Miramos el rostro de papá en busca de alguna indicación, pero
no parecía ni contento ni decepcionado. Era todavía de día
cuando salimos. Tomamos la carretera I-94 para volver a
Gary, deprimidos, sabiendo que había deberes que hacer para la
clase de mañana, y preguntándonos si en todo aquello no habría
nada más que lo que se veía.
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